La pintura, la ruralidad del Caribe colombiano y yo somos un matrimonio tripartita. Mejor dicho, una unión libre, una complicidad inseparable, un diálogo sin palabras con el primitivismo de la región en la que crecí. Con mis pinturas relato la cara de un político feo mal-pintada en un mural; describo la flor de plástico que resiste sobre el piso hirviente y polvoriento de un cementerio costeño; evoco el cielo azul del día sometiéndose a la noche negra; revivo un beso de despedida.
Con mis pinturas reconozco mi herencia cultural y redescubro la forma de ver el mundo desde la mirada del Caribe... surreal, ardiente, arenoso. Mis pinturas tienen la versatilidad de mis fantasías. Cuentan historias lejanas, distantes de los caprichos de la ciudad. En ellas recreo el campo, las frutas, el olor del monte, el sonido de la lluvia y del viento que menea la rama de tamarindo, el azahar. Con ellas llevo las ficciones de mi tierra a los ojos del público, así como los colores de su singularidad. Mi pintura y en general mi exploración artística, son una sola. Son la vida después de la muerte. Como mi abuelo Manuel del Cristo que nació una vez y murió dos veces, aunque nadie me lo crea. No son historias para contar, son historias para mirar.