Atravesando los alambres
“El eterno retorno se dice a sí mismo: Cualquier cosa que quieras, quiérela de tal manera que quieras también su eterno retorno”.
Gilles Deleuze
Hace seis años, Alejandro Sintura vio una fotografía en la portada de un libro. La imagen no lo ha abandonado. “Atravesando los alambres” es la instalación de ese diálogo interno de un pintor con una imagen, una imagen documental capturada por la fotógrafa estadounidense Dorothea Lange en 1939, que retrata a una niña que se agarra a un alambre de púas. El trabajo de Lange en ese periodo se concentró en documentar la vida cotidiana de agricultores en medio del empobrecimiento producido por la Gran Depresión. En medio de un paisaje árido, una niña con un vestido de flores aparece en el primer plano, un vestido de flores en el primer plano, una tela impresa con flores como una señal de que la belleza resiste en medio de las púas.
Ese patrón de flores se repite en el ejercicio instalativo que realiza Alejandro en la Sala de Exposición. Cada rincón cubierto por papeles impresos en Offset, la imagen visitada y revisitada a través de la intervención de la mano del artista en dibujos y pinturas, a través de la luz en cianotipos, a través de medios de reproducción técnica: el transfer y la impresión. “Diferencia y repetición”, la repetición no es una copia, siempre engendra el cambio, una experiencia de algo nuevo se encuentra en la rehechura incansable y obsesiva del mismo patrón de pequeñas flores que resulta tan agobiante como conmovedora. También aparece la pregunta por el ornamento y lo decorativo, algo que no habla de la utilidad de un objeto sino de las infinitas posibilidades de un gesto humano que busca embellecer algo mundano, entregarle un alma.
Lejos de querer acercarse a la imagen documental en tanto que testigo de una situación sociológica particular, Sintura logra, a través de la expansión de un detalle, hacer desaparecer la intención original de la imagen inicial, para transformarla en algo que habla de la pureza de lo formal por fuera de lo narrativo. Aparece entonces un ejercicio pictórico y compositivo despojado de cualquier contexto que supere a la imagen misma, un diálogo atemporal entre seres que deciden que el patrón de las flores es importante, que es más terco y permanente que quienes lo observan o lo usan. Alejandro desarrolla esta acción estética y se empecina en ella: La sala se ve invadida, en todas sus superficies, y nos hace preguntas... ¿Qué es lo que nos seduce? ¿Por qué nos empeñamos en gestos fútiles? ¿Cómo puede una imagen invadir el espíritu? ¿Cómo funciona el hacer artístico en tanto que investigación? La niña no es inocente, el vestido no es inocente, el gesto no es inocente, el ornamento nunca es mundano o simple.
— Maria Adelaida Samper