Siu Vásquez

Cincuenta Veces Cacica

10 julio – 6 septiembre, 2025 · Sala de Proyectos

Antes que imagen, fue gesto.
Antes que gesto, fue materia.
Hoy es Maestra.

El papel no como superficie, sino como paisaje.
Fibra vegetal, hoja, hilo, manto, montaña.
Lengua de suegra, piña, fique.
Se corta, se teje.
Cuerpo.

Cincuenta veces.

Lo que aparece no es una figura. Es una invocación.
Una insistencia blanda,
como la de una abuela.

Cuelgan como si vinieran de otro clima.
Son montaña suspendida, pero también lluvia.
Y cuando tocan el suelo, dibujan agua.
La piedra ordena y sostiene. Fúquene.

En una hoja, el manto, la madre-montaña.
El ritmo de los pliegues, el peso de lo que cubre.

En la otra: el rostro de ella.
Y esta vez, el rosario. No por devoción.
¿Un signo de fe? Quizás de cansancio.
O, mejor aún, la entrega sin rendición.

Y sobre el pecho, dibujado, el tupu.
Alfiler femenino. Ancla suave.
Punto que no hiere, pero sujeta.

Dicen que la repetición es una forma de llamar.
O de escuchar lo que se ha dicho tantas veces
que suena en silencio.

Un cuerpo-papel que insiste:
historia, montaña, susurro, tejido.

Cincuenta cuerpos suspendidos Como oración. Reiteración que insiste. Dicen papel, pero hablan piel.

—

La obra de Siu nace de un interés por la repetición, y de una inclinación hacia el purismo: una ética de lo esencial, tanto en el gesto como en la materia. Es una práctica rigurosa, lenta y silenciosa, con la que permite a la materia transformarse a través de una acción que se reitera una y otra vez. No solo en el acto de tejer, sino al regresar a una misma imagen durante más de cinco años y esta vez repetida cincuenta veces: la figura de la Cacica.

Para Siu, esta imagen se ha convertido en una especie de presencia —un espíritu— que le permite crear vínculos con las montañas que ella habita y con las personas que también viven ahí, como lo demuestra su colaboración con las mujeres de el Taller de Papel en la Fundación San Lorenzo en Barichara para esa obra.

La figura de la Cacica proviene de un mural del siglo XVII, pintado en la iglesia de San Juan Bautista de Sutatausa, en el Valle de Ubaté. Allí, una serie de escenas bíblicas entrelaza imaginarios católicos con signos coloniales y mestizos, incluyendo la imagen de la Cacica, quien sostiene un rosario en la mano y hace uso de un tupu— alfiler asociado con culturas indígenas de la zona andina utilizado para sujetar blusas y mantos. Estas imágenes estuvieron ocultas bajo capas de pintura, hasta que un proceso de restauración de la iglesia en la década de los noventa las reveló.

Cuando conocí a Siu, hace casi una década, recuerdo que me dijo con convicción que era pintora. Hoy, el lienzo —ese soporte ubicuo de quienes pintan— ha sido reconfigurado y devuelto a su estado más primario, tejido por ella misma. Su obra empieza por desdibujar el límite del cuadro y así volver al tejido como punto de partida y como origen. Una forma de decirnos: la imagen empieza aquí, desde el cuerpo, desde lo que las manos son capaces de convertir algo en algo más.

Cada una de las 50 iteraciones de la imagen es un grabado y está compuesta por dos hojas que, juntas, forman el manto y el rostro de la Cacica. En una hoja, la silueta del manto remite a la montaña, a la ruana, a la madre. En la otra, su rostro y sus manos, que sujetan un rosario —objeto que había sido removido en versiones anteriores por Siu— y que esta vez es dibujado cincuenta veces, como si cada repetición fuera una oración: una entrega sin rendición al espíritu de la Cacica. El tupu reaparece también, pero ahora trazado en lápiz, como un conjuro hacia las mujeres indígenas que, durante la colonia, debieron ocultar o transformar este objeto en otra cosa. Capaz de ser borrada por su materialidad en grafito, este trazo suave nos habla de luchas silenciosas y muchas veces borradas por la historia.

Las cincuenta Cacicas cuelgan de la galería y forman una montaña suspendida. Bajo ellas, delinean en el piso con piedras recogidas de distintos ríos de Colombia, el contorno de la laguna de Fúquene la cual aparece en el suelo, uniendo simbólicamente este territorio muisca con el río Saravita, el cual atraviesa Barichara, lugar donde Siu vive y trabaja. Es un puente entre geografías, pero también entre tiempos, memorias y gestos.

Más que mostrarnos a la Cacica, Siu la invoca, la multiplica, la siembra. Cincuenta veces vuelve a ella. No como dogma, sino como rito. Un gesto pequeño que se repite hasta volverse montaña y paisaje.

— Juliana Steiner

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