Devolviendo lo obligado

16 mayo – 19 junio, 2018 · Sala de Exposiciones

Curaduría: María Adelaida Samper

El acto más subversivo del amor es la destrucción, destrucción posible porque el amor sostiene al tiempo, no se deja morir y no mata.

Aquel que destruye cambia la permanencia por lo mutable.

Devolver lo obligado es entregarle a las cosas su justo sitio, permitirles todo el espacio, sustraerse de ellas.

Son las cosas creadas las que pueden devolverle a uno la seguridad; la angustia ya no hace parte de la experiencia de producción porque el ego desaparece ante las cosas empoderadas.

Asumir lo que uno hace más allá del capricho. No soy yo, es el arte. Tú sabes, pero no entiendes.

“Repetir” implica extraer al “yo” de las operaciones internas de las cosas: Las tizas, las rampas, el amor, todo vuelve, reaparece–aparece. Pero lo hace en el lugar de la diferencia, en un proceso de transformación.

La repetición se opone a toda forma de generalidad, nunca es una copia, siempre engendra el cambio.

Lo propio del arte es hacer visible la manera de proceder de la repetición para hacer emerger lo nuevo, para saltar del Caos hacia un orden relativo.

Se repite también la muerte, la muerte traviesa torciendo ataúdes e invocando a la viva que vive del muerto (boba y bobo). La muerte y la repetición miran siempre hacia el futuro.

“El hábito” es un problema moral del ego. La repetición anula el hábito y anula la memoria.

La potencia que le es interna a las cosas creadas prevalece sobre la voluntad del autor que quisiera hacerlas desaparecer para recobrar su propia importancia.

¿A qué obedece la dificultad en el hacer? El proceso es el que lo edita a uno. Las cosas terminan por ser mucho más tercas que uno mismo.

La fiesta de la destrucción del arte es el acto radical que celebra la potencia de este para repetirse en su singularidad.

Lo solemne de las cosas – gravitas – dejémoslas ser esta vez, no las vayamos a romper. Congelemos lo rebelde.

“Cualquier cosa que quieras, quiérela de tal manera que quieras también su eterno retorno”.

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La idea prevalente en el imaginario de nuestra civilización es que el arte es lo que resiste a la muerte, lo que dura. La celebración de la destrucción del arte, es el acto radical que celebra la potencia de este para renacer de sus cenizas, y reafirma la terquedad del artista que sigue creando la destrucción. Asumir lo efímero del arte produce potencias de transformación inexistentes en la “obra que es eterna”, liberar al arte de esta obligación de permanencia, es permitirle que se abone a él mismo. El solipsismo de este arte que se abona a él mismo se presenta en un muro: las casas que construyen un fragmento de ellas mismas. La forma se organiza a ella misma mostrándonos la capacidad de la materia de auto-ordenarse y producir sus propias formas: la desaparición del autor.

Sucede entonces que el artista se abre al ejercicio de la repetición, acción e intención en la que “reside todo el juego místico de la pérdida y de la salvación, todo el juego teatral de la muerte y de la vida”. Repetir(se), la producción de series, es entrenarse en el método que puede llegar a cambiar el mundo, es una práctica de transformación, una realización de la diferencia, porque lo repetido siempre cambia permitiendo que surja algo singular. Cada instancia de la cosa que se repite se convierte en una prueba y concluye con una selección, es decir transgrede cualquier trascendencia y es “pensamiento más allá del bien y del mal”. Todo se tiene que reconfigurar. No hay semejanza ni copia. La exposición de Licona es una inmersión afectiva en “Diferencia y Repetición”.

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Después de un pasaje oscuro, casi fúnebre, la patineta y la rampa se miran y se provocan, todo es un peligro, convocando fuerzas oscuras. Las rampas más pequeñas dentro de sus mausoleos, congelan la utopía de la libertad conservándola mientras la anulan… tal vez cayeron en el encuentro con la patineta incandescente. El que atraviesa este primer estado de riesgo, puede pararse en el abismo: menos mal. Parados en ese lugar y mirando desde arriba, dominados sólo por el amor, la invitación al color, a saltar, a no saltar, a incendiar, a no incendiar. El ataúd está listo, hecho con las falsas paredes de un lugar seguro prefabricado.

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[“Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.]

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