El cimiento y la ruina
" Autopoiesis: la capacidad que tiene un sistema para reproducirse y mantener su estabilidad por sí mismo "
Unknown
Esta exposición del artista antioqueño Federico Ortegón viene construyéndose desde hace un par de años. Ha sido un transcurrir de creación y pensamiento interrumpido y retomado, dividido por el extraño tiempo de la pandemia, inspirado por la construcción de una casa. En un principio se trató de una investigación volcada hacia el trabajo del hombre, las manos que intervienen los materiales y terminan por transformarlo mientras ellas mismas mutan. Se trataba entonces de un proceso de reflexión más sociológico, que con el tiempo y la distancia del evento de la construcción misma, se fue volcando cada vez más al encuentro con la personalidad y el devenir mismo de las cosas, más allá del hombre que las modifica. De esta primera etapa queda “Obras completas” flotando como un fantasma que sopla a través de la sala el viento de la utopía no realizada.
El título de la exposición expresa el movimiento constante de las cosas que transitan un flujo ininterrumpido entre la creación y la destrucción. Los humanos tomamos la materia y la transformamos, nos imaginamos cómo asociarnos con ella, construimos hábitats y sentimos de alguna manera que doblegamos todos estos átomos para hacer nuestra voluntad, servirnos, suplir necesidades que poco o nada tienen que ver con esos materiales y su devenir. Pero ¿qué pasa mientras tanto con las cosas? ¿Cómo se afectan en su observación silenciosa del desarrollo de la vida humana al interior de las edificaciones constituidas por el vidrio, la madera, el metal…?
A través de una serie de ejercicios formales, “El cimiento y la ruina” propone una reflexión sobre el alma que podría aparecer en los objetos que delimitan los espacios que ensamblamos para refugiarnos del resto de la materia, aún por fuera de nuestros esquemas de orden y dominación. También encontramos a través de las obras que componen la muestra, la manera en la que nuestros ordenamientos esquemáticos terminan por limitar las infinitas posibilidades del espacio mismo. Atravesando la sala de exposiciones, el espectador se enfrenta a diferentes proposiciones y soluciones estéticas, que de alguna manera le dan una nueva vida a objetos que nos acompañan cotidianamente, llenándolos de un soplo vital que los impulsa hacia un lugar nuevo en el que parecen cumplir con un destino poético.
Al mismo tiempo, la exposición, a pesar de estar barnizada por una suerte de poesía material, es también profundamente práctica, y está compuesta por una serie de soluciones formales a problemas prácticos y constructivos. La tensión entre estos dos lugares de enunciación, se asemeja a la tensión que existe entre lo que inicia y lo que termina; la solución final, es entonces eliminarlo todo, borrar y volver a iniciar… una nulidad espacial desde la cual volver a empezar.