Excavar el Abismo
Antes de dar el salto, el ojo confinado en la altura sugiere una vista desteñida sobre lo que intenta conocer de la materia. Bajo el relieve que pronuncia una herida, hay un valle donde las formas siempre están naciendo. Ver es vertirse, derramarse, caer. El vértigo dota de ritmo a los nervios de quien se arroja a la formación de la imagen. Al hundirse, las manos ven, se entierran, modulan un lugar para dejar asomar el animal que se es mediante el contacto con el fuego. El abismo es la envoltura de la creación.
Un montículo señala que se ha hecho algo con las manos. La tierra es centinela y cómplice de quien deja de resistirse a caminar a tientas para aprender a orientarse en la escucha, más adentro del alcance del tacto. Un aro, luego otro. Tantos como haga falta para alojarse en el gesto. Un texto mantra, secuencia de una palabra en tres tiempos, hace un plano para volver sobre sí misma, cíclicamente, hasta desprenderse de la inercia que aún reclama un sentido. La raíz es una corona de rostros que se inclina hacia la humedad del verbo.
Esta es la superficie de un reencuentro, una cumbre antes nombrada como <lo de abajo> donde el vacío fecunda el sueño. Excavar es abrir nuevos fondos, llevarse el abismo a los dedos, al oído, y a la boca, para volver a nombrar el mundo recién nacido.
— Isabel Turga