Para Micaela

10 octubre – 7 noviembre, 2026 · Pop-up · Ciudad de México

Curaduría: Ana Castella

"Once upon a time and a very good time it was there was a moocow coming down along the road and this moocow that was coming down along the road met a nicens little boy named baby tuckoo..."
–––James Joyce

A fines del siglo XIX y principios del XX, la Teosofía y, después, la Antroposofía reunie- ron a pensadores que estudiaron todas las religiones del mundo en busca de una sola, más universal, donde todos cupieran. A ese ambiente pertenece Hilma af Klint, pionera de la abstracción, quien pintó siguiendo las indicaciones de seres de otras dimensiones y decidió mantener su obra oculta porque sentía que el mundo aún no estaba listo para verla. Su trabajo unía la ciencia con lo espiritual, lo geométrico con lo etéreo, el color con el significado.

Desde investigaciones y vivencias afines, Elisa Pinto explora también un campo de conocimiento difícil de describir con el lenguaje, que conviene más sentir o intuir que nombrar. Trabaja con pintura, gráfica, escultura, instalación arquitectónica, readymade e imágenes de archivo, pero su materia prima parece ser algo intangible, cercano a lo que llamaríamos aura o vibra. Parte de historias personales para abordar su identidad y con- cibe sus piezas como actos de integración y sanación de los sucesos que han marcado su vida. En Archivo invisible, una serie reciente de pinturas que parte del imaginario de los registros akáshicos, las pinturas interpretan en fragmentos –símbolos, colores, geome- trías, patrones– un archivo con la memoria de todas las formas de vida: las obras son dis- positivos cuyo mensaje se activa en el encuentro con quien mira, a través de su memoria, intuición e inconsciente.

Para Micaela lleva esta metodología al espacio: un móvil suspendido en un cuar- to pequeño que ocupa la sala entera. Elementos de metal, cristal, cera y otros materiales suspendidos en equilibrio: formas geométricas y superficies devuelven luz y color a las su- perficies del cuarto. La obra parte de una observación que se ha desarrollado últimamente: cómo su hija, Micaela, descubre la vista, el oído y el tacto con objetos comunes –un collar, un moño de regalo, cascabeles, su pelo– y no con juguetes de estimulación temprana. Color, forma y textura operan antes que el lenguaje: lo sensorial precede al conocimiento.

La obra pide menos mirada que permanencia. Atrapa la vista, sí, pero lo intere- sante ocurre debajo: sentir, intuir, sostener la atención sin nombrar lo que se ve. Quizá lo que se abra en ese cuarto sea el registro más antiguo que cada quien lleva: cómo apren- dimos por primera vez a ver. Y quizá también que quien enseña el mundo no es la madre a su hija, sino al revés: Micaela se vuelve la maestra de percepción de Elisa.

Finalmente, el móvil se vuelve una analogía escultórica del trabajo incesante de una madre, que sostiene en equilibrio necesidades y demandas distintas al mismo tiempo, y siempre en relación con la gravedad: el peso de un cuerpo dentro de otro; después, el de un cuerpo que crece y descubre el suyo propio; las caídas y los accidentes que son parte fundamental de la infancia. Para Micaela es además un pequeño monumento dedicado a la maternidad.

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