Rafael Díaz

Promesa

29 enero – 14 marzo, 2026 · Sala de Exposiciones

MAGIA

Al llegar Moises al espacio, hay un pequeño atrio. Allí, la gente se mira, se encuentra o se evita, se saluda y se habla. El espacio es un poco cerrado y estrecho, con algo de vegetación. Moises continúa su camino entre la gente hacia la sala principal, altísima como una catedral.

En lo alto, unas esferas de luz pasan por todos los colores del arcoiris, sin ningún orden aparente. Moises recordó el fuego de luz y metal incandescente que vió Ezequiel descender de los cielos, así como en el carro tirado por caballos ardientes que llevó a Elias al firmamento en las narices del pobre Eliseo. Bajo las esferas de luz, suspendidos en el aire, flotaban unos rectángulos alargados cuya superficie no sabría decir si era lisa o arrugada, a veces parecía las dos cosas a la vez. Tampoco podía asegurar su color, pues cambiaba según las esferas de luz, aunque no parecían reflejar el mismo color que la esfera.

Desconcertado, Moisés caminó entre esa especie de telas flotantes, evitando tocarlas, pues tuvo miedo de que desapareciera la magia que las sostenía y estas cayeran al piso quebrándose. Al fondo, pasando los extraños objetos flotantes, otra esfera de luz, blanca y de mayor tamaño, parecía llamarlo. Flotando sobre la superficie de dicha esfera, aparecían diversos símbolos, que no estaban grabados ni tallados, simplemente habitaban la luz en sí misma. Algunos guardaban similitud con personas o animales, pero todas eran cosas que sus ojos nunca habían visto. Moisés guardó silencio, tanto en su boca como en su mente mientras salía del lugar. Tan solo un pensamiento fugaz cruzó su mente: “Yo soy lo que soy”

REVELACIÓN

Rafael arruga un recibo que acaban de darle en el Oxxo, lo guarda en el bolsillo y continúa su camino. Llega a casa y con un aerosol que encuentra por ahí le dispara. Luego lo desarruga y descubre un truco. Una ilusión.

Cual mago, Rafael no sale sin su repertorio de trucos, dispuesto a engañarnos, a hacernos creer que lo que vemos es real, que las cosas se tratan de lo que nos dice que se tratan. Pero como en toda ilusión, lo que se dice, se cuenta o se muestra no es lo que realmente ocurre. Estos trucos/pinturas de Rafael, parecen a ratos aludir más a la naturaleza cambiante de la materia, a lo que puede cambiar de estado, a lo que llega liso y bidimensional y que fugazmente, mediante un proceso de transformación, se vuelve arrugado y tridimensional para finalmente, volver a su estado liso original, evidenciando su metamorfosis. Así mismo, no podemos conocer realmente cómo son, pues la luz nos recuerda que todo está en constante cambio y que la percepción es en cierto modo un acto de fe. Nada es de una única forma, las cosas son lo que son y nosotros solo podemos percibirlas dentro de nuestros propios límites. Las pinturas de Rafael son pura materia, tiempo y espacio. Tienen algo de física, de química y de alquimia de pintor. Son un repertorio de engaños y mañas para el ojo y aún así existen. Son y están ahí. Quizás son apenas naturales para el momento que estamos viviendo, en que la realidad es cada día más y más subjetiva, más pequeña, donde lo que vemos, oímos o sentimos es cada vez más susceptible de ser falsificado, manipulado o simplemente inventado.

Quizás así como sucede en la política, la economía, la publicidad etc., son lo que el artista o el galerista nos digan que son, sin importar lo que vemos. Al menos Rafael, al igual que los magos, nos dice de entrada que nos va a engañar, que le va a sacar provecho al engaño y que además, probablemente, lo disfrutemos.

-Gustavo Niño

Vistas de sala