Reflejos
Podemos comenzar asumiendo tres posturas en relación a las acepciones de Reflejos. Un reflejo como la reflexión-refracción de la luz en una superficie. Un reflejo como la respuesta involuntaria del cuerpo a un estímulo, una respuesta que escapa al control. El artista que se encuentra en su obra.
Me interesa comenzar con la acepción de reflejo que está ligada a la pérdida de control. Principalmente porque de la necesidad de la pérdida de control es que Manuel comienza sus ejercicios pictóricos. Hay en su búsqueda la voluntad de suspender la técnica, aún asimilando la técnica. Y aquí está la primera disonancia que quisiera resaltar. La necesidad de Asumir/Suprimir la formación técnica en un gesto plástico. Intuimos el porqué de asumir la técnica. Manuel lleva pintando desde la infancia, haciendo del dibujo su epistemología de la realidad. Pero ¿por qué suprimir la técnica? Entiendo que, en el intento de supresión de la técnica, aun reconociendo su imposibilidad, está la tentativa de oponer la búsqueda de una sensación sincera al artificio del efectismo técnico. La aproximación más intuitiva a la compresión de su cotidianeidad.
Por eso la obra de Manuel es casi iconográfica. Hay algo casi platónico en la construcción de un arquetipo que se encuentra simplificando y despojando de su particularidad al objeto, situación o entorno retratado. Una piscina, esta única piscina es todas las piscinas. Aquí retomo otra de las acepciones de Reflejos que planteé al principio. El reflejo como reflexión, refracción de la luz en una superficie.
Manuel construye su obra desde la memoria y esta trae consigo inevitablemente una distorsión. Que en vez de ser tomada como un defecto se asume potencia. En el recuerdo los bordes se vuelven difusos, se confunden los detalles y prevalece la emoción. En lo evocativo del cuadro el encuadre funciona como una instancia de interpelación sensorial. Tomar distancia del guion, correrse del lugar de imponer la narración para abrir la posibilidad al espectador de completar la narrativa desde su experiencia. Como si se tratara de construir escenografías para otros guiones.
Creo que es en esta aparente contradicción donde la obra de Manuel cobra fuerza. Una iconogratización (técnica, se podría decir) de un escenario cotidiano, que trata a su vez de deshacerse del efectismo técnico para evocar la narrativa propia del espectador. El ejercicio de estudiar, revivir, un objeto o un lugar, matizado por la deformación de la memoria, hasta despojarlo de toda particularidad asociada al accidente vital. Pero entonces, ¿dónde encontramos la particularidad?
En la luz, ahí está. La exploración plástica -y la muestra- culmina en un estudio sobre la luz. En los matices que encontramos en el retrato de la luz. Un retrato que también viene de la memoria, que se separa de la literalidad de la búsqueda de la luz del impresionismo, actualizándola, para reencontrarse con Manuel en un recuerdo. En la luz del caribe. Aquí está la tercera acepción de Reflejos. La obra en diálogo con la biografía del artista. La memoria como refracción de luz y la reacción que sucede en el diálogo entre la búsqueda de la memoria en la luz y el hallazgo de la luz en la memoria.
— Ana Vivas