Johan Samboni

Sindicato contra mí

24 septiembre – 31 octubre, 2026 · Sala de Proyectos

Uno podría decir que uno es la partición mínima y que, con menos de uno, no hay unidad posible. Pero no hay que ser Mark Fisher para darnos cuenta de que “uno” se ha transformado en la unidad inalcanzable que olvidó hace tiempo toda aspiración a hacer de eso que se llama “individuo” el centro operativo de la vida social, mental y espiritual. En la práctica, somos más bien fragmentos, esquirlas o pedazos que se acomodan provisionalmente al cumplimiento de ciertas funciones que parecen sostener los procedimientos de eso que se llama “vida” en el seno del modelo económico imperante. Así, más que “cuerpos sin órganos”, lisos, vibrátiles e indivisibles, parecemos más bien órganos sin cuerpo, cuyo trabajo es explotado por terceros para permitir el funcionamiento global de la espiral extractiva. El trabajo contemporáneo, entonces, consiste primordialmente en la tercerización de procedimientos y funciones que satisfacen la necesidad de circulación de tendencias y narrativas que sostienen el acaparamiento de capital y que, a la vez, impiden la formación de cuerpos a través del control y la administración de los órganos que le son instrumentales. No es en vano que las categorías que señalaban la integridad del cuerpo en el trabajo (campesinos, obreros) hayan sido reemplazadas por la idea de “mano de obra”, siempre barata y siempre separada del cuerpo holístico que sostenía la idea de persona como ente capaz del ejercicio dialéctico.

La historia de los derechos laborales está hecha por grupos de individuos que se han resistido a los intentos de sus patrones por desarticular la unidad de los cuerpos que han querido reducir, últimamente con éxito, a la parte que les resulta rentable: un call center terceriza bocas y oídos; una maquila, manos y codos; una bodega, brazos, piernas y hombros; un estudio webcam, agujeros. Cada vez es más clara la separación de las labores humanas en las partes del cuerpo especializadas en el sostenimiento constante de acciones cada vez más especificas, hasta el punto en que parecería que, en ciertos entornos laborales, todo lo que no es brazo o pierna, mano o agujero, según el caso, resulta estorboso. Quizás por eso hemos avanzado con una rapidez inusitada hacia el reemplazo de los cuerpos de los trabajadores, cuyos puestos están siendo ocupados por modelos de lenguaje que permiten la articulación de agentes que supervisan el desempeño de dispositivos robóticos subordinados cuya eficiencia garantiza, de momento, la posibilidad de explotación continua y sin pliegos de peticiones colectivas.

Mientras tanto, la gente —ese apiñusque resquebrajado y deforme de órganos semifuncionales que, para desgracia del empresariado, sigue cargando con el lastre de unos cuerpos abiertamente disfuncionales, excesivos e improductivos— sigue buscando empleo y sigue resistiendo al abuso, al despido y a la competencia salvaje por las poquísimas migajas que se desprenden de la riqueza de los conglomerados económicos. A veces, para resistir, la gente busca afiliarse a un sindicato que intente reclamar eso que hoy no es más que una ficción, aunque hasta hace poco recibía el nombre de “derechos laborales”. En ese contexto de lucha contra los dolores y fracturas del cuerpo, contra la explotación laboral que derogó derechos adquiridos a finales del siglo XIX, contra el olvido de las reivindicaciones alcanzadas y contra el ámbito de la competencia laboral entre personas empobrecidas, de cuerpos rotos, de órganos averiados y de mentes alienadas por la fantasía de que se es pobre porque se quiere, Johan Samboni sentencia que “nuestra venganza será descansar” y, para hacerlo real, hace cuerpo de sus pedazos, sembrando la posibilidad de trascender el simple estado de órgano para transformarse en individuo y consolidar su propio y particular sindicato. Un sindicato en su contra.

En inglés, los sindicatos se llaman “Unions”, dando a entender que congregan partes usualmente separadas e indivisibles, digamos “individuos”, con el fin de crear una fuerza sin fisuras que proteja la vulnerabilidad de los cuerpos que la conforman. Así, se presupone que esa Unión está hecha de la suma de muchos “unos” que forman un gran Uno. “Workers of all lands, Unite!” es la frase que se encuentra en la tumba de Karl Marx en Londres, donde escribió, junto a Friedrich Engels, su famoso manifiesto para un grupo de zapateros y sastres alemanes exiliados en Inglaterra que aspiraban, hacia 1847, a juntar fuerzas para exigir condiciones laborales dignas y un futuro próspero para los trabajadores. Un año después, el Manifiesto alumbraría modestamente la Revolución de 1848 y solo hasta 1870, con el auge internacional de los movimientos obreros, iluminaría el horizonte entero de las luchas sindicales del proletariado.

El padre de Johan, don Álvaro Samboni, trabajó desde joven como zapatero, uno que posiblemente nunca estuvo sindicalizado ni leyó el Manifiesto Comunista, y que, aun sin garantías laborales, levantó a su familia, en el Oriente de Cali, con el fruto de su trabajo en el desbaste del cuero y la remonta de zapatos. Décadas más tarde, Johan se decidió a estudiar artes, una decisión que, si no se nace en un entorno social acomodado, puede ser análoga a la de hacerse zapatero en un mundo en el que ya no vale la pena mandar a remontar ningunos zapatos porque sale más cara la remonta que el estrene.

Todos sabemos que la formación artística en los programas de arte favorece los procesos individuales, la autoría, la competencia, la creatividad personal y la invención del “genio". Incluso ahora, cuando las grandes galerías de arte a nivel mundial empiezan a caer muertas por la inadecuación de su modelo, de sus políticas y de su endogamia a las necesidades reales de un planeta en llamas, parecería que el gran mundo del arte sigue esperando el retorno de un Jean-Michel Basquiat que vivifique las fuerzas del mercado y maraville a un público sediento de ese maravilloso exotismo del que es incapaz cualquier artista que no repruebe el paper bag test.

Así, Johan resulta parcialmente prometedor como artífice de ese milagro: un artista emergido de la calle, con una sensibilidad atravesada por incontables fronteras y por un aparato crítico que le ofrece estructuras para interrogar las mutaciones que lo han hecho ser lo que es; un artista que se ha resistido a abandonar el barrio y que se ha resistido también a gentrificarlo, encarnando más bien, a través de un humor lleno de destellos y opacidades, la disidencia frente a todo lo que ha buscado enmarcarlo o encerrarlo. Sin embargo, más importante aún, Johan es ese hombre confusamente racializado e históricamente empobrecido que sabe que muchos Johan viven y mueren enviando hojas de vida hechizas en formas continuas ya casi descontinuadas, con fotos casi inventadas e información laboral ficticia, compuesta con la complicidad de una tía que tiene un restaurante o una miscelánea y que imprime una carta diciendo que el joven es honrado y que trabajó allá de mensajero o de mesero. Johan se sabe, él mismo, mero conjunto de órganos que podrían ser utilizados, a pesar del resto del estorboso cuerpo, para cumplir labores indignas de ser realizadas por una IA. Y así, en la congregación de los distintos Johan, terminan haciéndose confusos los espacios en los que se traslapan el artista en camino a la fama, el pelao de barrio, el tipo que podría robarte a la salida de la galería, el empresario de sus propios márgenes, el estafador y el profeta de un mundo que promete la abolición de las clases, del estatus y de las categorías, acercando peligrosamente las monocromías minimalistas en tonos de beige de los más exclusivos lofts a los ocres y naranjas de unos ladrillos que parecen raspados para extraer el polvo con el que a veces se rinden algunas sustancias que asustan a las gentes de bien. Johan acerca su cara sin cuerpo, de subalterno, casi un órgano expuesto y en lenta descomposición, al cuerpo pleno, uniforme y sagrado de quien ostenta, en pequeña o gran medida, la ilusión de un poder inmune a las fuerzas sindicalizadas. Sin embargo, en la soledad de ese pedrusco tallado, se pone en evidencia que incluso un órgano sin cuerpo es capaz de reírse en silencio del entorno en el que ha sido insertado.

Por eso Johan ha armado un sindicato contra sí mismo: el Johan precarizado oponiéndose al Johan patrón (en sus propias palabras: “Ya soy mi propio jefe, quiero ser mi propio sindicato”), el Johan órgano rebelándose en contra del Johan joven promesa y genio, el Johan del Oriente de Cali mostrándole sus dientes afilados a ese Johan al que intenta instrumentalizar el circuito artístico bogotano. Por eso, ejerciendo su capacidad dialéctica, Johan se multiplica tallando su cara, que es la de infinitos doppelgängers marrones, en pedazos de ladrillo, como si creara clones nunca idénticos que sirvieran para romper vidrios, para hacer una maquila, para formar un ejército o para confundir a quienes buscan reducirlo al fetiche puertoresistente que parece gozar de mucha estima en el mercado local del arte, mas no tanta cuando ese fetiche deja de ser decoración para convertirse en multitudes rabiosas que llenan las calles para impedir, a piedra y ladrillo, que las fuerzas imperantes del fascismo y la estupidez las reduzcan a su histórico papel de órganos subordinados a las fuerzas de la extracción, el ecocidio y la eliminación de las resistencias populares.

— Víctor Albarracín Llanos

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