Cada roca de río contiene una suerte de concavidades y convexidades que parece desafiar la idea de ángulos rectos y abrazar una forma única. A medida que recorremos su superficie, nos encontramos con un juego de tonalidades de gris que se entrelazan en variaciones de neutralidad cromática, creando una integridad visual que refleja, probablemente, su origen geológico.
Las rocas fluviales, en su eterno peregrinaje, viajan a través de flujos de agua, experimentando el choque de las fuerzas naturales que las moldean. Se fragmentan, explotan y se agrietan, liberando fragmentos que abandonan su lugar de nacimiento para emprender un nuevo viaje.
El tamaño de estas piedras, curiosamente, parece estar en sincronía con las experiencias que han acumulado a lo largo de su recorrido. Cada irregularidad y protuberancia guarda una narrativa única, tallada por el tiempo y las condiciones a las que han sido sometidas.
En un intento de fusionar elementos en apariencia dispares un volumen de vidrio soplado se encuentra con una roca de río en una coexistencia que desafía el encuentro mismo. La yuxtaposición de estos materiales aparentemente divergentes crea un nuevo paradigma en el que la vacuidad y la solidez se entrelazan en una suerte de contrastes. La densidad de la roca se pone en duda mientras contemplamos la aparente vacuidad del aire atrapado en la burbuja de vidrio. La fusión de estas sustancias transgrede las fronteras entre lo tangible y lo etéreo, generando un diálogo entre lo sustancial y lo insustancial.
Esta propuesta amplía la presencia de la roca, evitando su disolución en el olvido. La burbuja de vidrio, nacida del aliento, envuelve a la roca con una delicadeza casi reverencial. El calor del proceso fusiona sus elementos, y la burbuja, que una vez fue frágil y fugaz, se solidifica en una nueva manifestación rocosa. Aunque transparente, esta roca de cristal conserva la química y las formas de su contraparte sólida, honrando su historia compartida.
Así, surge una dualidad que trasciende las fronteras del espacio y el tiempo. La polaridad se desvanece y lo fragmentario encuentra unidad en un gesto singular. La roca y el vidrio existen ahora como un testimonio tangible, llevando consigo la temperatura que atestigua el plano humano.