¿Es amor lo que duele en mi pecho? Los otros son mi espejo
El patio de atrás de una casa en Cartagena es el escenario en el que se construye la historia que transcurre en las imágenes de la exposición. En ese patio trasero que existe y no existe, que es al mismo tiempo un espacio real y un recuerdo; y también un lugar central del desarrollo de la historia cultural del Caribe colombiano, se desarrolla una fiesta a lo largo de la noche, y el espectador se construye como el voyerista tímido que observa los eventos que allí se desarrollan, los instantes que se decantan. Las pinturas que están llenas de símbolos secretos que aún no se dilucidan, de músicas que no se alcanzan a escuchar claramente, del olor de los palos de mango y de la brisa marina que está presente como un murmullo lejano, funcionan como descripciones de estados de ánimo, de soledades y encuentros; son al mismo tiempo anecdóticas y oníricas: la realidad de la que dan cuenta es igual que el patio tanto reales como imaginarias.
Una culebra sinuosa va transitando entre las escenas, recorriendo la exposición de la misma manera en la que el espectador la recorre, pasando de escena en escena; reptando de aquí hacia allá hasta que le cortan la cabeza sobre la mesa de la convivialidad. Su sinuosidad es tierna y peligrosa, y también es femenina, como la mayoría de los personajes que habitan y gozan en este festejo que va tomando forma al interior de la noche hasta transformarse en amanecida. Cuando finalmente llega el día, todo queda sobre la mesa y la mesa está puesta también para nosotros, quienes asistimos a esta celebración de la identidad Caribe que Lorena Torres explora con su pintura y desde la intimidad de su propia experiencia como mujer costeña.
Lo femenino le da una nueva forma a la exploración de esta identidad arraigada en un territorio y en unas costumbres, que han sido tradicionalmente narrados por hombres más que por mujeres: ahí se encuentra algo novedoso a lo que tenemos acceso gracias a la lidia de esta muestra. La mirada femenina de la artista invade la experiencia de lo masculino, transformando los cuerpos y las vestimentas y las maneras de lo masculino, incluso se apropiándose de las energías, de los ademanes y transformando los cuerpos de manera sutil para traer a la existencia en la superficie de los lienzos el espectro de lo andrógino que transforma a los personajes, volviéndolos mutantes, convirtiéndolos en un devenir otro permanente. Los límites entre las energías de los sexos opuestos se funden y deforman para hablar de lo misterioso del amor. No del amor romántico del beso, de la pareja; sino del amor como la fuerza vital que empuja a los cuerpos a acercarse.
Registro de la exposición: Ambiente familiar - Sebastián Cruz