Laura Ruíz

La última bengala

6 noviembre – 26 diciembre, 2025 · Sala de Proyectos

Una bengala arde para ser vista, pero también para desaparecer. Su luz corta la oscuridad por un momento, como si dijera “aquí estoy”, pero nadie responde. Es esa señal que lanzamos al cielo cuando ya no queda nada más que un intento, un gesto de fé inútil, un rastro de fuego que busca algún testigo, la promesa de que alguien o algo nos vea. Pero la bengala se disuelve, y el cielo se vuelve a oscurecer. El amor ocurre en ese pequeño espacio: entre ese llamado y el silencio que le sigue. No es el amor romántico ni el que espera algo de vuelta, sino el amor en sí, como una fuerza que nos arrastra, que nos supera y nos lastima, pero también nos ilumina.

Hablamos del amor como una súplica, una reverencia ante la presencia fugaz de algo que nunca podremos frenar. Amar es encender una bengala en la mitad del mar: como un acto de esperanza, un grito urgente que se vuelve luz por un segundo, y así mismo es un gesto de aceptación, el de saber que probablemente nadie la verá, que lo amado no siempre responde, que la belleza de la luz también puede tomar la forma del olvido. El deseo, el duelo, la pérdida, la veneración: todas son expresiones del mismo impulso de encender luz en la oscuridad, una chispa que alumbra lo que somos cuando estamos solos, cuando pedimos ayuda al vacío, cuando reconocemos que la intensidad también destruye. La luz se eleva y nos muestra la brevedad de lo que amamos y lo inútil de querer retenerlo. Su caída deja un resplandor que ya no es fuego sino que ahora es memoria, la huella de lo que alguna vez ardió.

La bengala busca una respuesta, aunque nunca la reciba. Es la esperanza de que alguien, en algún lugar la vea, es el instante en que el amor y la desesperación se confunden, en que el deseo se vuelve una oración, lo que hacemos cuando ya no sabemos qué otra cosa hacer, y esa oración finalmente se convierte en silencio.

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