Lorena Torres

Levantando Margaritas con el pecho

26 septiembre – 25 octubre, 2025 · Sala de Exposiciones

Cómo es arriba es abajo.

En una noche azul, una serpiente se arrastra entre hostas, margaritas, oxalis moradas, mastuerzos, flor de sapo, toronjil, cola de caballo y lavanda. Las escamas de sus ojos se han vuelto lechosas con un tinte azul etéreo y brumoso, como si estuviera en un estado meditativo. No parpadea. En ese momento inicia la muda: a través de su nueva cubierta percibe unas vibraciones de baja frecuencia que le anuncian que, en una semana y dos días, habrá un terremoto. Con su vibrante lengua bífida huele el olor a carne muerta con tonos afrutados que despiden las azucenas que se están descomponiendo, al lado de los hibiscos que copulan garantizando la continuidad de la vida.

Animados por el olor que recogen los quimiorreceptores de sus tentáculos superiores, los caracoles salen de debajo de las piedras lentamente para alimentarse de las flores podridas. Las espiras de un caracol plateado nos hacen entender que esta es una noche de luna llena: lo que estaba por desbordarse, hoy se está desbordando: por fin podemos ver con claridad las oscuras fuerzas del inconsciente. La tierra caliente está respirando. Un zumbido denso, grave y constante de chicharras sostiene el aire, mientras el croar de las ranas crece en oleadas intermitentes, como si el calor mismo se partiera en vibraciones.

Desde hace meses, presencias y animales llegan al lago mientras otros lo abandonan. Varias polillas esfinge que venían viajando, guiadas por la luna y las estrellas, están llegando en este momento. El movimiento errático de sus alas nos recuerda la inconstancia del deseo. Una manada de violentos caballos que venían huyendo de su propia piel, llegó hace una semana. Les gusta nadar en el lago por las noches. Una ráfaga de viento caliente realza el olor terroso, ácido y mineral que viene de las profundidades del lago, y la bruma de las algas trituradas huele a hierro y a piedras mojadas. Tan pronto llegaron, uno de los caballos se apartó lo que más pudo del agua y buscó un campo de margaritas para morir. Ahora está ahí, pudriéndose. El olor a carne descompuesta compite ahora con el potente almizcle de las margaritas. Desde hace días, ahí, se ha inaugurado un nuevo universo gracias a la simbiosis del cadáver y los insectos. En este punto el cuerpo ya está lleno de gusanos que nacen de huevos y se alimentan de los restos hinchados y licuados, mientras que las abejas se apelotonan en los orificios del cuerpo buscando los huevos que han puesto las moscardas. El panal, que está a un par de metros del caballo muerto (de pelo dorado y de crines plateadas), está repleto de miel, tanto que está chorreando en la corteza del árbol, lo que llamó la atención de una colonia de hormigas. Mientras tanto, ella en su habitación recuerda el último beso (toda babosa, todo insecto, todo animal superior tiene boca); recuerda la última vez que las fronteras de su piel se disolvieron mientras hacía el amor con el último hombre que amó. En este momento está iniciando el descenso hacia las profundidades oscuras y turbulentas del inconsciente. Sus pensamientos tienen la forma de un espiral que se aprieta hacia dentro y se contrae. Para ella, el mundo (incluyéndola) está siendo deglutido por la oscuridad, haciendo que todo se vuelva una sola cosa informe. Ella piensa: “Estoy aterrada, por esa oscura cosa que duerme en mí, siento sus suaves y plumosas vueltas y su malignidad”. Su estómago (también oscuro) empieza a llenarse de ácido porque no ha comido en cuatro días. Ella no tenía idea de que, al mismo tiempo que hacía por primera vez el amor con el último hombre que amó, una estrella moribunda, tras millones de años de descomposición y de perder sus capas externas en nubes de gas y polvo, colapsaba por fin en un agujero negro. La herida está abierta, a través de esa grieta es que sucede el descenso.

Entra en un sueño ambiguo, siente que está dormida y que está despierta. Siente el desmembramiento del alma, piensa en la miel de las abejas, empieza un viaje en busca de los huesos de su personalidad. El olor a podrido, a cadáver, le anuncia que ha llegado al jardín. La puerta de entrada: una lombriz de tierra, el punto en el que se condensa toda la eternidad. Al principio no ve nada, solo ve la oscuridad que se come todo con la boca. Observa su aliento entrecortado, piensa en su alma, piensa en la miel de las abejas. Al ver su respiración, el espiral de sus pensamientos cambia de sentido. Ahora se expande, crece; en medio del caos, algo se empieza a revelar.

Con la penumbra de la luna llena camina desnuda por un campo de flores de lavanda que se le pegan en las piernas y en las nalgas. Detrás de un árbol encuentra un claro, al fondo, nadan los caballos en el lago. Se encuentra un huevo. Al observarlo detenidamente se da cuenta de que tiene una pequeña grieta.

De la grieta: la luz.

— Sergio Román

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